BELLEZA Y ARTE, EN SAN PEDRO DE ALCÁNTARA.

El arte es el lenguaje de Dios. Antes de la venida del Verbo, Dios solo habló con imágenes. Con la belleza del arte nos mostró el misterio que nos envuelve. Colgó en la galería del universo la infinita belleza de sus cuadros. Su obra sigue proclamando la sabiduría, la infinita belleza y el misterio transcendente que muestran sus obras.

También el hombre, como artista de Dios, nos va dejando en el arte mensajes de belleza espiritual, que nos hacen visible lo invisible del alma.

Ya los Santos Padres, desde el s. II, nos hablan del arte como “la semilla del Logos inmersa en la naturaleza” (S. Justino, Apología 2, 13). Y el pensamiento teológico de la Iglesia, según Hans Urs. Von Balthasar, es que “todo arte noble es religioso, es un homenaje a la gloria del Ser”, (Gloria. L. IV, introducción, p. 18). El arte religioso es un verdadero reconocimiento a esa belleza espiritual, cuyo contenido aún está envuelto en símbolos, que atraen e invitan a conocer ese encanto y atracción que ejerce la belleza del misterio.

Cuando uno se deja atraer por el encanto de las bellas imágenes del arte, se le desvelan los misterios, como los símbolos de los colores, los gestos, los ojos, las manos o el cuerpo entero, se hacen camino espiritual que nos lleva a la belleza suprema. El hombre lleva siempre en sí la nostalgia de Dios. Y Dios nos llama por medio de la belleza a ver el mundo del espíritu. Las obras sacras religiosas nos muestran el espíritu que habla en ellas. Es la belleza pura e inmaterial que nos muestra imágenes de Dios. “Deja que tu alma se conmueva –dice San Gregorio-, al contemplar las bellas imágenes de los mosaicos y magníficos frescos, que adornan las paredes, como si fueran vivos discursos celeste, plasmados en imágenes y color”, (San Gregorio de Nisa. Elogio a San Teodoro. PG. 46,747).

Esto es lo que queremos mostrar en la obra artística sobre San Pedro de Alcántara. La mayoría de sus cuadros son obras maestras que muestran el alma del divino artista de Dios. En ellas se refleja el espíritu interno, donde aflora en el Santo la gracia y belleza de Dios. Son obras donde su alma se hace visible y viviente entre los humanos. El artista nos pinta su alma, manifiesta en los gestos humanos. Son retratos de belleza espiritual que trasmiten destellos del hombre transido de espíritu, donde emerge la presencia de lo invisible. La misma gracia corporal se hace gracia del espíritu y el interior de su alma se revela al exterior. Todo en él se hace belleza y pneuma inhabitado por la presencia divina.

Veamos esto plasmado en la obra: “Coloquio espiritual, de San Pedro de Alcántara con Santa Teresa de Jesús, de Lucas Jordán (Capuchinos de Jesús de Medinaceli. Madrid).

La obra presenta una escena sencilla, pero con expresiones llenas de vida espiritual. Cabezas angélicas miran y sintetizan con belleza y armonía el pensamiento teológico-espiritual de la Iglesia. El arte en la Iglesia es el gran comunicador de fe Evangélica.

La figura de los santos vive ese instante espiri-tual del asombro. El artista en la escena saro-religiosa, nos muestra con bellas imágenes, la riqueza espiritual de ese místico diálogo que viven ellos. Más que nada, nos pinta sus almas a través de los gestos humanos. Con expresiones de asombro idilio, nos muestra la riqueza del misterio invisible, para que en nuestros ojos, se haga visible la divina transcendencia contemplada por los santos. De esta forma, logra introducirnos en esa epifanía mística de Dios. Es como si estableciera un puente por el que alcanzáramos la otra orilla, allí donde lo humano se introduce en lo divino para alcanzar la belleza de Dios. El ha intuido, que el espectador al mirar la obra, comprende la clave de ese lenguaje espiritual que hace visible lo invisible.

Ahora, la fuerza creativa de nuestro espíritu, ha comenzado a crear y sentir la gozosa fruición que nos viene por la intuitiva visión contemplada. La misma sencillez cromática electriza nuestros ojos, al observar la belleza espiritual que lo llena todo. Hasta el misterio de la luz se vuelve teofánico, ya que solo él irradia la iluminación de la obra. Nos sitúa como en estado de gracia, en testigo místico que contempla la transcendencia divina del misterio. La visión espiritual nos envuelve y nos hace aflorar pensamientos puros, en ese silencio habitado por la gracia.




De esta forma, nuestra humilde mirada se ha convertido en síntesis de fe teológica, que embellece nuestro espíritu. Es como vivir desde la carne ungida por el espíritu, el misterio gozoso del amor que nos llega por el arte, al tiempo que nos introduce en esa ascesis mística que busca la infinita belleza divina.

Aquí la teología del arte ha hecho de mandorla que une mi orilla con la orilla del misterio de Dios. Cuando el arte religioso se hace teología espiritual, se cristaliza en nosotros el Reino de Dios. Ese reino donde los humanos circundados por lo sagrado se hacen testigos del misterio pascua del Resucitado. El arte también nos convierte en personas de fe viva, en profetas de esperanza, en proclamadores de la Buena Nueva de Dios. Es como un universal encuentro con el amor de Cristo que muere de amor por nosotros. Cristo es Luz que engendra el color de la gracia, donde la armonía del salterio celeste del arte, nos canta el amor infinito de Dios. Dios nos llama a sí por medio de la belleza del arte. El mundo armonizado es el bello arte de Dios.

Fr. Arsenio Muñoz Martín.



















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