DE GRACIAS Y DEMONIOS

"Este santo hombre me dio luz en todo y lo lo declaró, y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que, si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber, ni que tanto pudiese creer. Y él se consolaba mucho conmigo y daba parte de sus cosas y negocios. No hay placer ni consuelo que se iguale a topar con quien le parece le ha dado el Señor principios de esto" (del cap. 30. Libro de la Vida)


El capítulo 30 del Libro de su vida, donde Teresa narra su primer encuentro con Fray Pedro de Alcántara, refleja algunos rasgos de este último que no suelen ponerse de relieve, pero sería gran pérdida ignorar. Rasgos que, sin embargo, son sólo comprensibles en el contexto del siglo XVI español, enormemente condicionado por la herencia política y religiosa de los reyes católicos y la contrarreforma.


Una religión tan institucionalizada como la encarnada en la iglesia de esa época veía con gran recelo cualquier indicio de que Dios pudiera revelarse fuera de los cauces sometidos a su control. En ello se jugaba el fundamento de su poder, pues la autoridad moral que la revelación divina confiere a los individuos en quienes se manifiesta podría entrar en conflicto con la de los propios prelados. No es, por tanto, sorprendente que las autoridades eclesiásticas se esforzaran por descubrir autoengaños o presencias demoníacas en cualquier persona insuficientemente acreditada a quien Dios agraciara con dones extraordinarios. De aquí la vigilancia amenazante de la Inquisición sobre cualquiera que buscara por su cuenta la intimidad con Dios, y de aquí, también, el celo de tantos confesores en hurgar almas y atemorizar conciencias a fin de no dejar en ellas resquicio sano donde el Espíritu pudiera libremente manifestarse.


¡Pobre Teresa! Atrapada entre el temor de ser engañada por el demonio y el sentimiento cierto de que la única fuente de sus experiencias era el mismo Dios, entre sus deseos de responder con obras de amor a esos grandes dones y el miedo al juicio de los confesores que le ordenaban exorcizarlos. No parece que estos se preocuparan demasiado por evitar el único pecado que el propio Jesucristo dice no tener perdón: el de llamar espíritu impuro al mismo Espíritu de Dios (Mc 3,28-30).


¡Bendito, por tanto, fray Pedro, que no se dejó dominar por los prejuicios, miedos e intereses de las autoridades y escuchó a Teresa con la inteligencia clara de quien sólo busca la verdad! ¡Humilde fray Pedro, que trató a quien muchos tenían por mentirosa, enferma mental o endemoniada como si fuera una igual! ¡Valiente fray Pedro, que habló con quienes se creían acreditados para interpretar negativamente las experiencias extraordinarias de Teresa para que no la molestaran más!


Fray Pedro no tiene vergüenza en decir que la entiende por propia experiencia, a ella, una mujer sin formación sobre la que llueven tantas críticas por dárselas de santa, por pretender favores divinos que no le corresponden. No teme que se ponga en cuestión su fama de varón virtuoso confirmando la autenticidad de esos favores, que compara con la del mismo contenido de la fe. No se preocupa por comprometer el prestigio asociado a los cargos que detenta en su orden, apoyando y asegurando a esa monja conflictiva a la que brinda toda su amistad.


¡Bendito fray Pedro, humilde, valiente, inteligente y veraz!


Esther Miquel






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