La ascesis de San Pedro de Alcántara hoy

Textos fuente


Teresa de Jesús, Libro de su vida, cap. 27, n.16

“Este santo hombre de este tiempo era; estaba grueso el espíritu como en los otros tiempos, y así tenía el mundo debajo de los pies. Que, aunque no anden desnudos, ni hagan tan áspera penitencia como él, muchas cosas hay como otras veces he dicho para repisar el mundo, y el Señor las enseña cuando ve ánimo.”


Carta de Pedro de Alcántara a Teresa de Jesús (Annales Minorum XIX, pp.340-41)

“Tengo por bienaventurados, como Su Majestad lo dice, a los pobres de espíritu, que son los pobres de voluntad; y téngolo visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia; que los que son de todo corazón pobres, con la gracia del Señor, viven vida bienaventurada, como en esta vida la viven los que aman, confían y esperan en Dios.

…cuán suave es el Señor a los que le temen y aman y renuncian por su amor todas las cosas del mundo no necesarias …”



Reflexión


El rasgo más popular de San Pedro de Alcántara, su rigurosísima penitencia, es justo el que hoy más nos cuenta comprender. Éstos son sin duda otros tiempos, en los que, además de tener cuerpos más débiles y delicados, recelamos menos de ellos. Los vemos como algo bueno, como aquello que nos conecta y hermana con el resto de los seres sensibles y nos permite amar y admirar la creación de Dios.

Pero es precisamente porque amamos a todas las criaturas, humanas y no humanas, con las que formamos la casa común, y porque sabemos el daño que nuestro estilo de vida occidental les causa, por lo que podemos mirar la ascesis de San Pedro de Alcántara con otros ojos, más positivos y de nuestro tiempo.

Hoy podemos aprender del fray Pedro que aconsejaba a sor Teresa la pobreza voluntaria, es decir, la pobreza de quienes por amor a Dios renuncian a todas las cosas no necesarias. Es más, hoy podemos comprender que Dios desee esta renuncia, pues sabemos es condición imprescindible para que el resto de sus criaturas, a las que ama tanto como a nosotros, vivan.

No se trata, pues, de ponernos cilicios ni de andar por el mundo mirando al suelo, sino de examinar bien nuestra vida cotidiana para ver en qué cosas o comportamientos dañamos a otros seres. Se trata de querer conocer las repercusiones, directas e indirectas, de nuestros gustos, hábitos y consumos, a fin de poder renunciar a todo lo que destruye la casa común.


I

En tiempos pasados, cuando las pestes y hambrunas asolaban la tierra, pobres y ricos miraban a Dios. Todos se sabían la regla: Pecado, castigo, penitencia y perdón.

Perdón que alargaba un poco la vida o que abría las puertas del cielo, pero al fin y al cabo perdón.

Hoy, cuando es fácil matar y expoliar a distancia – basta un clik - todos decimos: Dios no castiga;

pero ¡mirad! ¡ por todos sitios! la hemorragia de Su vida; su grito en los huracanes y los fuegos, su llanto incontenible en los aguaceros.

Antes no se sabía, pero hoy lo sabemos, que existe un engranaje siniestro entre nuestras neveras rebosantes y la ruina de los suelos, entre tantas compras antojadizas y la expansión de los desiertos.

- Mientras, Dios gritando en los huracanes y los fuegos.

En tiempos no se sabía, pero hoy lo sabemos, que el mundo a repisar no es el mundo sensible, sino el del consumo y el dinero, el del ídolo Mercado que despoja las tierras, los mares y los pueblos.

- Mientras, Dios llorando en las riadas y aguaceros.

II

Del bendito fray Pedro aprendo a decir:

“No más, es bastante.”

Aprendo a decirlo con alegría,

Porque sé que evita muertes.

Muertes de plantas y animales,

de ríos y selvas, de campesinos y emigrantes.

Aprendo a decirlo con dulzura,

Porque es dulce tener la fe del ave,

vestirse como el lirio,

caminar en paz, sin arrollar a nadie.

Aprendo a decirlo con valentía,

Porque también esto es repisar el mundo,

un mundo de explotación y de consumo

que reduce todo a mercancía.

Aprendo a decirlo con gratitud,

Porque es verdad que me basta,

que nunca me ha faltado

techo donde cobijarme ni la comida diaria.

Del bendito fray Pedro aprendo a decir: “No más, gracias”.


Esther Miquel Pericás.




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