UN PROCESO DE CONVERSIÓN FRANCISCO DE ASÍS

Francisco, (= el francés, este fue el nombre que le puso su padre por sus buenas relaciones con Francia), nació en 1181 o 1182 en el seno de una familia burguesa adinerada. Era de carácter jovial, educado, derrochador, generoso, dotado con el don de gentes; tan es así que lo eligieron Rey de la Juventud. Con su bastón de rey recorría las calles de Asís cantando, organizando fiestas con los jóvenes. Su padre estaba encantado, pues veía en él un futuro y eficaz CEO de su empresa de telas. Pero Francisco soñaba con otro negocio: ser armado caballero.

En el año 1202 participa en la guerra entre Asís y la vecina ciudad de Perusa, donde está refugiada la familia de Clara. El ejército de Asís es derrotado. Francisco cae prisionero y pasará en la cárcel un año, donde contraerá una grave enfermedad. Una vez recuperado en casa, pretende retomar su vida normal. Pero se da cuenta que ya nada es como antes. Los acontecimientos vividos le han marcado.

Dedica tiempo a estar solo, paseando por las afueras de Asís; cerca de la ciudad está la iglesia de San Damián, de cuya bóveda pende un impresionante icono de Cristo crucificado, donde a menudo entra a orar.

Un día, durante uno de estos paseos, se encuentra cara a cara con un leproso. Su primer impulso fue hacer lo de siempre: dejar en el suelo una limosna y huir. En vez de eso, se acerca al leproso y le abrazó. Un acontecimiento clave en su vida.

Dice en su testamento: Como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos; pero el Señor mismo me llevó entre ellos, y practiqué con ellos la misericordia... Y lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo. Han cambiado sus gustos. Convertirnos consiste también en cambiar de gustos y sensibilidades.

Sigue frecuentando la iglesia de San Damián. Pero un día siente dentro de su espíritu una fuerza que le impulsa a entrar; se postra ante el crucificado y recita la oración de siempre:


Sumo y glorioso Dios,

ilumina las tinieblas de mi corazón

y dame fe recta, esperanza cierta

y caridad perfecta,

sentido y conocimiento, Señor,

para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.







De pronto, en su interior, escucha una voz: Francisco, repara mi Iglesia, que, como ves, amenaza ruina. Y se dedica a reparar la iglesia de San Damián.

Viendo semejante cambio de vida, su padre lo denuncia y deshereda ante el obispo de Asís. Francisco se desnuda y entrega su vestimenta a su padre. Se viste con un hábito de ermitaño. Así pasará más de dos años, viviendo solo, cobijado en cuevas, pidiendo limosna, siendo objeto de burlas y maltratos... orando y contemplando.


Fr. Carlos Bermejo.


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